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Parque Nacional de Doñana: Flora Y Fauna (II)
En la marisma se pueden reconocer dos ecosistemas o hábitat extremos: un Doñana seco o marisma seca, situado en
zonas altas, que muestran un predominio de masas forestales de alcornoque, madroño, matorral mediterráneo
(jaguarzo blanco), pino piñonero, enebro, sabina y acebuche, y que ocupan el llamado "monte blanco"; y un Doñana
húmedo o marisma inundada, situado en zonas más profundas, que presenta ante la vista especies predominantes
como la castañuela, la manzanilla acuática, el carrizo, el bayunco y otras especies distribuidas según diversos
factores físico-químicos del lugar y que ocupan el llamado "monte negro".
Aquí, en una gran extensión de todo este bosque mediterráneo, sobrevive el emblemático y amenazado lince ibérico.
Y también en este lugar -riquísimo en rapaces- encuentra uno de sus últimos refugios el águila imperial. Además,
se puede observar a una considerada especialista de caza como el águila culebrera compartiendo los pinos y
alcornoques con el aguilucho lagunero, el águila calzada, la lechuza, el milano negro y el real, el buitre
leonado o el búho real y, con cierta frecuencia, se dejarán ver liebres, tejones, jabalíes, meloncillos, turones,
comadrejas, gatos monteses y corzos, junto a los gamos, que en otoño anuncian su llamativa ronca o berrina, y
los ciervos, que también se dan a su particular berrea.

La Vera
Pero si hay un lugar que destaca por su elevado enriquecimiento ecológico es donde limitan las arenas de los
cotos y las dunas con el suelo arcilloso de la marisma, en "la Vera", considerada como el borde o zona de
transición entre dos ecosistemas (el bosque mediterráneo y la marisma) y donde confluyen especies de uno y otro.
Impresiona su elevada diversidad faunística: ciervos, gamos, jabalíes, vacas y yeguas marismeñas. Aquí en
primavera asombran lo poblados de vida que pueden llegar a estar los viejos alcornoques convertidos en las
pajareras de Doñana. En el apogeo del árbol, las aves forman colonias en sus ramas: garzas, garcillas, espátulas,
martinetes, cigüeñas, avocetas y águilas calzadas. Aquí, la jornada transcurre entre el bullicio de los nidos
con sus polluelos demandando su alimento y el ir y venir de sus adultos. Y en su etapa de decadencia, cuando las
ramas escasean, comienzan a criar en las oquedades de sus troncos el lince, la gineta, el lirón careto, el
conejo de campo y la lagartija común; incluso algún zorro permanece bajo el árbol al acecho de que algún polluelo
caiga de las ramas.
Y en el ecosistema de dunas y playas se encuentran 32 kilómetros de playa virgen dentro del Parque Nacional y
otro de los paisajes más cambiantes, donde el empuje del viento del Suroeste, según las estaciones, es principal
protagonista. Desde la costa atlántica hacia el interior, las dunas se forman, crecen, cambian y avanzan. Se
trata del sistema de dunas móviles de Doñana.

Dunas móviles y corrales
Sobre la playa se acumulan restos de crustáceos, cetáceos, moluscos, etc. que atraen a las gaviotas, charranes y
a otros individuos con simpáticos movimientos como son los correlimos, zarapitos y chorlitejos, además de alguna
lagartija colirroja, y más alejadas de las aguas, especies vegetales marinas como cardos, barrones, camarinas,
clavellinas o alhelíes de mar, que son pequeños obstáculos al viento e irán dando lugar a mayores acumulaciones
de arena. Así comienzan a formarse los denominados "trenes" o cordones de dunas que a medida que avanzan van
arrollando y destruyendo la vegetación que encuentran a su paso. Sobreviven algunos pinos y enebros que
reasentarán sus raíces tras el paso de las dunas y, mientras llega el siguiente tren de dunas, tras años o
décadas, se formarán entre dos frentes de dunas los "corrales", ocupados por matorral y bosques de pinos que
finalmente, tras una lenta y "agónica muerte", acabarán sucumbiendo bajo las arenas. Esos pinos fosilizados por
la arena se conocen como las "cruces de Doñana", que protagonizan una de las estampas más extrañas y
características de esta tierra.
Fuera del parque, en algunas zonas de la playa, se puede encontrar la presencia de algunos mariscadores y
pescadores que viven en el lugar además de restos de algunas edificaciones de torres de vigilancia o almenaras
del Siglo XVI (cuyo proyecto de construcción fue concebido durante el reinado de Felipe II pero que se desarrollo
durante el mandato de Felipe III y Felipe IV) que evitaban la llegada de barcos turcos y piratas berberiscos.
Estos restos de torres que el mar no ha llegado a tragar hoy en día sirven de posadero y criadero del robusto y
corpulento halcón peregrino.
En los 70 kilómetros de costa de Doñana, más de 50 son de playa atlántica y se extienden desde la desembocadura
del Guadalquivir hasta la Ría de Huelva. Entre ellos, más de 30 kilómetros de playa virgen de fina y blanca arena.
En toda esa extensión de playa, abundan peces, moluscos, crustáceos, gaviotas, ostreros, zarapitos, correlimos,
charranes, chorlitejos...

Huellas de animales en las dunas
La configuración de este maravilloso paisaje de luz radiante viene marcada por los continuos aportes de arenas
depositadas por el océano y empujadas junto con parte de vegetación hacia el interior por la fuerza del viento
predominante del Suroeste. Todo ello sucede dentro de un proceso de dinámica intensa que modifica incesantemente
el perfil de las playas, dando origen al sistema de dunas móviles.
Por ello, la costa de Doñana está en constante movimiento. La creación de médanos y barras por los continuos
aportes de arena, que en principio dieron lugar a numerosas islas pequeñas que se fueron uniendo entre sí
formando otras más grandes, comenzaron hace seis mil años a cerrar el antiguo estuario del Guadalquivir,
formando el Lago Ligustino (llamado Lago Ligur por los romanos) y que finalmente -a partir del Siglo IV-
fue perdiendo profundidad por la acumulación de sedimentos y convirtiéndose en marisma.
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Mapa de Doñana y alrededores
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